

Me gusta Mateo porque siempre viene a la escuela con su uniforme completito: su playera blanquita, su pantalón, su suéter con su nombre en letra elegante, su chaleco y sus zapatos brillantes, que parecen nuevos. Tiene cuatro loncheras diferentes, mi favorita es la roja con un dinosaurio enfrente y siempre vienen llenitas de comida, pero Mateo no se come sus sanwiches porque no le gusta el aguacate.
Me gusta que a Mateo siempre lo recogen temprano de la escuela y que su mamá siempre le compra gomitas de gusano con doña Tere a la salida. Me gusta la mamá de Mateo porque siempre usa faldas y vestidos y huele rico; nunca se enoja con Mateo ni le grita y lo deja jugar conmigo.
También me gusta el carro de los papás de Mateo. Una vez nos dejaron subir a mi y a Max a su carro: olía a ropa nueva y brincamos en los asientos para probar lo duros que estaban; luego Mateo nos enseñó cómo se encendía la pantalla del carro, puso una canción y un video. Siempre llega a la escuela en carro y dijo que su papá nunca iba en combi o camión al trabajo.
El otro día fuimos a casa de Mateo a jugar. Me gusta su casa porque huele rico y está todo ordenadito. Tiene una tele enorme y muchos videojuegos, además unos sillonsotes dónde estuvimos brincando y luego nos acostamos a jugar con su Switch, pero Mateo quería salir a su patio a jugar con el balón nuevo que le trajo su papá; dijo que se aburre cuando está solo con la pelota. Luego su mamá pidió pizza y vimos una película.
Me gusta mucho Mateo porque siempre tiene muchas cosas y sus papás le dan todo lo que pide, pero a él no le gusta mucho su casa ni sus papás. Me dijo que ellos pelean en las noches y que en el día no se ven, dijo que su papá trabajaba todos los días y su mamá se encerraba en su cuarto a llorar. Yo le dije que eso también pasaba en mi casa, pero que él tenía muchas cosas y lo trataban bien. Me preguntó por mis hermanos mayores y por mi mamá.
Ellos no me gustan. Mis hermanos siempre me lastiman con sus juegos y me quitan mis cosas, me quitan mis colores y mis cuadernos, esconden mi uniforme o lo rompen y tengo que mentirle a mi mamá para que me compre playeras y calcetines, pero ella no me compra nada y por eso llevo mi playera roja y le pido prestado sus colores a Dylan. Mi mamá nos hace tortas con la comida que sobra, pero mis hermanos me las quitan y me quedo solo con mi agua y los sanwiches que Mateo no quiere porque tienen aguacate.
Por eso no me gusta mi mamá, porque nunca me hace sanwiches o me compra nada aunque está todo el tiempo trabajando en la gasolinera. No me gusta que nunca se viste con vestidos de colores y que siempre huele feo a gasolina y tampoco me gusta que yo no tengo papá, pero mis hermanos sí conocen al suyo. No me gusta que mis hermanos y mi mamá me traten mal por no tener el mismo papá, pero Mateo sí tiene papá y cosas para él solito.
Le dije a Mateo que si cambiábamos de casa, para que él pudiera jugar con mis hermanos y yo con su Switch y que al día siguiente volvíamos a nuestras casas. Le gustó la idea y el jueves antes de salir de la escuela nos cambiamos de ropa en el baño. Luego yo me subí al Uber que su mamá pidió y Mateo esperó a que mi mamá llegara por él.
Me quedé callado para que nadie notara nada. Llegamos a su casa, su mamá bajó la mochila, se fue a la cocina a servirse agua o algo y se metió a su cuarto. Me quedé solo el resto de la tarde: primero jugué con la tablet de Mateo en su cuarto, fui a la cocina por comida y refresco, me probé algunos tenis que tenía en sus cajas nuevitos y luego hice su tarea, como si fuera Mateo. En la cena comimos espagueti y milanesas y vimos cada uno nuestros programas favoritos, yo en la tablet y ella en su celular:
—Te portaste muy bien hoy, Mati. Puedes quedarte un rato viendo la tele, pero ve a tu cuarto antes de que llegué papá, ¿ok? —me dijo. Yo no la miré a la cara, por eso no sé si me vió o no, pero no me dijo nada más y se encerró otra vez en el cuarto.
Me gusta Mateo; me gusta su casa y todos sus juguetes; me gusta su mamá y el olor a dulces de su cabello suelto; me gusta la voz y el carro de su papá en el que me llevó a la escuela; me gusta que la pelea que tuvieron anoche casi no se escuchó y que en la mañana tuvieron jokeis y cereal para desayunar. Me gusta que no hablaron ni me miraron y que no me regañaron por no ser Mateo. Por eso quería quedarme otro día más en su casa. No iba a tener problemas porque yo sabía quedarme callado y también hice toda la tarea.
Hablé con Dylan y Max para que les dijeran a los demás que yo era Mateo. La maestra Ana nunca nos miraba cuando pasaba lista porque se ponía a ver videos de YouTube y por eso no me dijo nada cuando respondí por Mateo, pero él no vino a la escuela y nadie respondió por mi.
En la salida la mamá de Brando estaba llorando y gritaba como siempre que se enoja. La maestra Ana y la directora la dejaron entrar a los salones a buscarlo, pero yo no quiero ser más Brando y por eso me escondí hasta que nos dejaron ir a todos.
Cuando llegamos a la casa corrí al cuarto para que no me viera mamá, pero ahora escucho cómo habla muy rápido por teléfono; no entiendo qué dice. Me gusta mucho Mateo, su casa y sus papás, no me quiero ir, pero creo que ayer lo descubrieron y no quiero que me descubran a mí. Me habla mamá, no quiero que sepa quién es Brando, pero si no voy, lo va a saber. Está sentada en la sala.
—Mati, siéntate aquí un rato. —Me mira mucho, pero yo no la quiero ver.
—¿Sabes? Pasó algo ayer en la tarde. —No parece enojada, pero no deja de mirarme—. Un compañerito tuyo, Brando, se perdió en la tarde y su mamá lo está buscando.
—¿No sabe dónde está? —le pregunto muy bajito, para que no escuche mi voz.
—No… Está muy preocupada… La señora Tere dice que se fue con alguien diferente. Tú sabes que no puedes irte con nadie más que conmigo y con tu papá, ¿verdad?
—Sí.
—Y sabes que no debes hablar con ningún desconocido, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno, entonces, recuérdalo siempre. Nosotros somos tus papás y solo con nosotros puedes irte, ¿ok?
—Sí. —La miró directamente. Yo soy su hijo y a mí me quieren.
—Bueno, voy a hablar con tu papá para ver si te podemos cambiar de nuevo de escuela. Sé que es muy pronto, pero estas escueluchas públicas tienen muy poca seguridad; cualquier fulano puede entrar.
—Me lo dice ya sin verme a la cara—. Volveremos a una privada. Veremos si podemos en una más barata que la anterior, para que puedas conservar tus juguetes.
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