

Al principio me hizo mucha gracia, pensé que me escogió teniendo en mente cómo me vería en su pareja; si viera cómo me emocioné: estaba yo en mi sitio con los demás conjuntos, nadie se había detenido a mirarme, pero esto sí; deslizó sus dedos sobre mis encajes, corroboró la elasticidad de mis telas y hasta me acarició suavemente con el pulgar, en círculos.
Me sentí inmensamente feliz, porque la razón de ser de toda prenda es que la usen, no estar colgada para siempre en un estante o un ropero; claro que el hecho de que me compraran no me salvaba del ropero, pero por lo menos ya tenía la posibilidad de ser usada; y luego se me vino abajo el mundo: esto se alejó un poco de mí para tomarme una foto y accidentalmente tiró una prenda del otro mueble y cuando se agachó a recogerla la vi: ¡era otra muy parecida a mi, pero la llevaba puesta!
Yo no me puedo ir con esto, señorita, no puede dejar que me lleve. Vengo de una familia muy respetable de prendas de lencería, nuestro trabajo siempre ha consistido en mantener viva la pasión de una pareja, para eso fui a la Universidad de Alta Costura y Letras, y ahora usted tiene la obligación de impedir que me lleven para que yo pueda cumplir mi sueño con otra persona.
¡Imagínese si se enterara mi padre! Porque nosotras también tenemos padres y madres, abuelos, abuelas, hermanas y primas. ¿Sabe usted que la genética de mi diseño viene de los mismísimos holanes de la reina esposa de Luis XV? Por eso no puede dejar que me lleve, señorita.
—Uf, qué bueno que ya se llevaron a la tanga apretada del perchero de enfrente.
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