El linaje de Eva

El linaje de Eva

Rodrigo Bárcenas
01/01/2025
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Mi padre dormía en el catre arrumbado, arriba. Mi madre quería irse rápido, se empezaba a despedir. La cosa ha empezado lenta, y nuestra familia es educada. Aunque mi mamá me viera con esa mirada que me asustaba, aunque yo fregara jalando su vestido, ahí nos quedábamos. Saludábamos con una sonrisa que grita por no salir. Pero, ahora, mi mamá deseaba ya despedirse de la tía Águeda; de hecho, hubiese querido no ir, eso le decía su corazón, y su cerebro le obligaba a estar presente.

La tía Águeda era la mujer con la cara más ovalada del mundo y labios gruesos, monstruosa y gritona, maligna entre todas. Ella era mala, porque siempre su boca parecía bocina, los insultos que le daba a cualquier persona se oían desde bien lejos. Decían que espantaba a los angelitos del cielo y espantaba a los muertos. A mí me da miedo siempre que la oigo, porque su cara ovalada se arruga tanto que parece de esas peras que están todas feas, aunque esas ‘tan ricas, y ella huele feo.

Mi mamá buscaba, movía sus ojos de un lado a otro, como cuando quiere que nos fuéramos de ya; pero aquí era diferente. Miraba pa’ todos lados, como cuando está nerviosa, como sin saber dónde estaba. Decía, como suspirando, que se hacía tarde; pero, en realidad, ya lo era, pues todo estaba oscuro y es peligroso salir cuando nadie ve. Por eso, yo quería irme desde hace mucho. Y realmente me le fui.

Ella no podía sonreír tanto tiempo sin evitar que cayeran gotas saladas de sus ojitos, cansaditos todo el tiempo. Ella siempre me dijo que desde que nací, no ha vuelto a pegar los ojos, y yo le prestaba mi Pritt, para que lo pudiera hacer.

Cuando se despida va a ser bien ordenado: La tía Águeda, después la Mónica —que es una más, la verdad ni me acuerdo cómo es, probablemente igual de horrible que las demás, pero ella aceptaba que no hacía nada—, la tía Guadalupe, que se quejaba de un olor “nefasto” del cuarto de mi padre. Ya para que esa diga eso, pues ha de ser bien feo el de mi papá, porque ya de por sí olía como a quemado.

Había que despedirse de todas ellas. Primero, teníamos que subir con mi abuela Eva, que estaba cerquita del cuarto que olía “nefasto”. Nunca había escuchado “nefasto”. Suena como a algo que tiene pasto.


Una escalera sin elemento de sostén, frágil, tambaleante, a punto de caer con una simple sacudida. Esta conduce a un pasillo horizontal que se divide en tres umbrales hediondamente alumbrados; uno de los cuartos, de dónde salen humaredas juguetonas, cuya iluminación consiste en la ventana del lado derecho, que apunta al patio, y aspira a observar las afueras de la colonia, borrosa debido al empañamiento de la vista. Es tan, pero tan borrosa, que pareciera que la casa, en realidad, flotaba en las alturas con las nubes de smog como sostén.

Dentro del cuarto, un catre con un cuerpo chamuscado, seco y lleno de charcos de sal y hierro. José, tan vivo que daba asco verle respirar, estaba sentado, con la mirada fija en el suelo, con la mente en busca de la clavija colgante de la pared; quería conectar algo. Las paredes, grisáceas y putrefactas, debido al moho verdoso del zoclo, rodeaban toda la alcoba.

Abajo, se dejaban entrever entes tumultuosos, siluetas desgraciadas, acomodadas en un intento de comedor sin muebles más allá de una mesa cuadrada de plástico. Unas sillas desplegables y un sillón con traviesos alambres.

En el patio, el piso con pegazulejo alrededor, seco y con bultos generados a raíz del vaivén de las suelas marcadas, que, ahora duras, contenían charcos por las goteras de la lámina agujerada que cubría al patio; los sacos de losetas, nunca puestas, arrumbados en el rincón. Todo era una obra negra, inconclusa; goteras constantes en la cocina, el baño, la sala, la cisterna, los aparatos, los tinacos, los cuartos… Todo grisáceo y con tintes verdosos en las uniones de las esquinas; pero se veía bien, eso decían. No había electricidad, pues habían olvidado que los interruptores estaban afuera.

Algunas personas, para molestar, simplemente les cambiaban la instalación para alterar el funcionamiento de la luz, y a veces había en el baño, y otras solo prendía la habitación de José.


Mi abuela Eva decidió levantarse de su tumba, para estar presente en el evento, el cual era muy difuso para mi vista; lo que sí sé, es que ella estaba medio muerta. Su brazo no respondía y sus labios medio se cerraban. Ella siempre me trató bien, creo. Al menos me dejaba jugar con su brazo muerto. Decían que era embolia. Pero me parece feo que le digan a mi abue que es boba.

—Suegra, se ve muy descansada, qué bueno que la dejan en paz, el Cielo le está dando un buen descanso— dijo mi madre, al subir las escaleras y encontrarse en la puerta a mi abuela; pero, ahora, parecía muy viva. Mi mamá, con su sonrisa, esa que solo las madres saben hacer, esa que da miedo.

Mi abuela Eva decía que seguía medio tiesa, pues estar en la tumba siempre nos pone los huesos duros; pero que, al final, siempre sí se levantó. Sus dos manos y su cara ahora parecían vivas. Como que pesaba menos, como que no le costó tanto. Después de la muerte los cuerpos se hacen livianos, dicen, pero siempre veo que les cuesta cargarlos en la procesión… o al menos eso vi con el mío, y eso que no era gigante como el de mi abue.

—María, ahora que viniste, habla con él. Ustedes deben hablar. Es que José está deprimido y no come, ni sale.

—No, suegra. No hay nada que hablar.

—No seas cruel… Anda… oi… oi como llora mijo…

—Suegra… —frunce el entrecejo— como le dije, no tengo qué hablar con él. Solo vengo por mi hijo…— Estaba volteando a la ventana que lloraba las goteras del tejado oxidado triste. Mi abuela la tomó del hombro con su brazo que estaba muerto, pero que ahora estaba vivo.

—Sé que no tiene perdón, nadie es perfecto, Lupita. No digo que lo perdones, solo que hablen. Yo ya le dije que eso de quemar a Rodrigo estuvo sobrepasado.

—Ni me mencione eso… ¿Dónde está mi hijo? Para ir por él. A ver si ya arreglan las goteras, suegra. La casa se les va a caer y pa’ qué sirvió tanto arriesgue y sacrificio.

—Solo unas palabras…


Lupita es bien dadivosa y buena onda. Siempre tolerando las groserías de esa gente, que más que hablar parece que escupe. Quién sabe si le den lo que dice que le iban a dar… qué le van a andar dando.

¿Quién dices que le habló? ¿Cómo? No. No creo, la señora Eva ya ha de estar muerta, y ya ves que desde antes le costaba ya hablar. La única que al final la respetó fue doña Evangelina, que en paz descanse, si es que existe Dios.

Hazte pa’ llá’, Mago, que quiero inclinar mi asiento, total nos vamos a tardar. ¡Vaya casa de la familia del José!, después de lo que hizo el hijo de la chingada vino corriendo hasta acá, de rodillas, ¿cómo ves? Sí, en serio, y las otras viejas cara de huelepedo lo reciben como si este de verdad fuese ‘uta…

El también se prendió, y vino corre que corre hasta acá, pero ni así se murió. Ay, Rodri. Ojalá estuvieses aquí, viendo cómo Lupita viene a verles la cara esta gente, que ya de por sí… horribles. Qué poca madre, ¿no?


—Entra, Lupe. —Dijo mi abuela, y yo también entré, sentía ligereza, sentía felicidad, iba a tener nuevo cuerpo. A lo lejos se escuchaba:

—¿A DÓNDE SE FUE LUPE? — A mi mamá no le gusta que le digan así.

Ella abrazó un cuerpo. De repente, se sintió como que me cargó, quería aferrarse a mí. Yo no la sentía, al principio, pero seguí escuchando su llanto silencioso, y sus gotas mojaron la ropa cochina del cuerpo ese, y todo se empezó a sentir a medias. Pero, por más que intento hablar, como que no puedo, como que no me oigo… es la desventaja de estar en todos lados. En el cuarto de mi padre, se oía un llanto… o una risa.

De la nada sentí muy cerca a mi mamá, sentí la mano muerta de mi abuela, en mi cabeza, y el regazo de mi má’. Jamás pensé que me volvería a sentir como un bebé, porque ya estoy grande, porque tengo 7 años, pero ahora no.

Me alejaba de mi camita, y ahora sentía un arrullo constante y nuevo para mí, todo era otra vez nuevo. Salimos del cuartito que me dejaron, estaba muy feo, las cortinas rotas y olor como a caca; me recuerda a cuando la ropa no se lava bien…

—María, tómalo pues, y cuídalo bien, porque, cuando me regrese a la tumba no podré hacerlo… Oi cómo llora mijo… nunca creí que semejante hombresote llorara… ni cuando le metía sus chingadazos, ni cuando su padre se lo chingó y corrió para que fuera un hombre.

—Gracias, suegra. No le crea. Recuerde usted cómo le decía “pinche mentiroso”, ¿no se acuerda? Si realmente le doliera, desde un principio, no hubiese matado a Rodrigo, ni hubiese violado a mija, ni me hubiese robado todo lo que me robó.

—Cuídalo, porque revivir a un niño no es tan fácil como parece. Él traerá mis mejores deseos para ti y a los seres que amas.

Nos alejamos con tranquilidad, ya no íbamos a separarnos.


La piel de mi padre me daba guácala, sus manos eran rasposas y estaban muy arrugadas, como si tuviese aceite seco o como si fuese un chicharrón gigante. Se parecen a cuando te cortas en los codos y se seca el pellejito; eso me pasó cuando me caía en el parque. Pero dicen que él se quemó antes de quemarme. No entiendo, si mi mamá decía que era muy inteligente, ¿por qué se quemó solito?

Me dolía mucho siempre que por diversión me daba coscorrones. A veces 20 seguidos. Su cara era muy gruesa y fea, me daba guácala el solo verla. Tenía entradotas y una nariz muy grande, usaba lentes, porque decía que era inteligente… la persona más fea que he visto, después de mi tía Águeda. Decían que yo era su viva imagen, que me parecía mucho.

—Pasa con él, María— Dijo mi abuela con grandiosa claridad. A ella la conocí con la boca chueca, la mano muerta y más enojona que nunca. Pero ahora estaba más tranquila que nunca.

—Pásale—.

—¡Qué voy a andar pasando a ese cuarto, suegra! Uste’, con perdón de Diosito, pero está loca. No voy a entrar, ya me dio a mi hijo, ya no tengo qué hacer.

—No puedo convencerte ni porque ya estás aquí… oi… oi cómo llora mijo… sólo oye lo que tiene que decir… mira oilo, ¿no oyes?, ¿no oyes cómo llora?

—Así no lloró cuando le pedí que parara y aun así le valió.

—Pero después te enamoraste, lo sabes, María.

—Porque debí empezar a cuidar a mi criatura

—Ay, María, y tú sabes lo que es ver a un hijo sufrir… ándale…presta aquí al chamaco, acá te lo cargo, habla con él… míralo, oi cómo llora mijo.

—Que siga llorando suegra…


Después de pensar un momento, Lupita vio entre las cortinas del umbral del cuarto de José. Ella traía a una figura del niño Dios entre los brazos, parecían dos forzados lazos, aferrados a un punto; resbaladizos por la naturaleza de las cosas. Cuando alcanzó a encontrar su silueta corpulenta y achicharrada, él seguía sentado en el catre, viejo y arrumbado, cabizbajo, su cuerpo se veía aún más cenizo. Lo que había cambiado es que ya tenía entre sus manos el cable que tanto buscaba.

Era repulsivo verlo, cuando abría sus falanges, las arrugas de la piel chamuscada se acentuaban, los brazos estaban partidos como si se desprendiera la piel que humanamente deberíamos tener adherida. Su propia piel lo desdeñaba. No podía ocultar el repugnante ser que era, pero no lo necesitaba con el amor de sus hermanas.

Recién levantado, adormilado, olvidado de lo que siempre hizo; sin temor ni remordimiento. Podría reír o llorar, pero siempre conciliaba el sueño, y se despertaba igual, riendo o llorando; era muy astuto, hay que reconocerlo.

Dormía como un oso en invierno, roncaba como un toro embrutecido, y sus ojos se veían tan hinchados de tanto estar cerrados. Nadie podía molestarle, porque siempre estaba enojado, si lo que decías no le gustaba. Era el hombre de la casa, el hombre de una pocilga.

—NO TE ATREVAS A ENTRAR AL CUARTO DE MI HERMANO— Águeda defendía mucho a José, y solo le permitía la entrada a Guadalupe porque su madre, Eva, siempre le tuvo respeto, y ahora con la presencia de esta última en la casa, no había mucho por hacer.

Lupita entró al cuarto del catre, y José seguía absorto en conectar la clavija que prendería su tele. La luz tornasolaba una sábana extendida en el sillón, adecuada para el descanso de un querubín, y Guadalupe postró al nuevo retoño en él.

—EVA, VE A VER SI ESA CABRONA SIGUE CON MI MAMÁ, PORQUE NO LA OIGO


Ay, Tere, ya me preocupó la gorda. No sale. Dijo que na’ más recogía lo que le iban a dar y ya, y mira, es hora que no sale. No vaya a ser que el baboso de José también la quiera matar. Cómo que cómo creo, si el desgraciado fue capaz de matar al niño, que no sea capaz de matar a Lupe.

Bueno, pues ojalá valga la pena el viajesote. Esa casa se va a caer un día con tantas goteras por todos lados, en cualquier diita de la semana. Oye, pero, o sea, siempre diré lo mismo, ¿cómo por qué la Lupe se fue a quedar con ese chilapastroso?

Yo siempre pensé lo mismo, ese tipo no convenía. Siempre me cayó mal. Mírala cómo la dejó, gorda. Sí, así como la ves, antes era delgadita, delgadita. Pero así éramos antes todas, ¿no? o sea no digo que no estemos guapas ahorita, ¿veda’? Pero sabes a lo que me refiero.

Ese José es un desgraciado, no le tuvo miedo ni a Dios. Casarse con una niña y decir tan pancho que según era para cuidarla, como si fuese necesario casarse con una niña. ¿Cuántos años tiene ya? ¿54? No…, ¿61? Ay no sé, pero velo, tan panzón y feo. Lo hubieran dejado descarapelarse con el fuego, así no hubiera habido tanto problema después. Así unas por otras, mató a la criatura, pero se quema por pendejo.

A ver deja bajo a ver el zaguán…

Uy, no, mira aquí cómo es la gente de pendeja que los medidores y los switchs están afuera. Ora para que se les quite, les voy a apagar la luz, ¿cómo ves Tere? Ni se darán cuenta, al fin y al cabo tienen todo apagado…

Úchale, es que son bien guarínes y ni se fijan, porque ni tenían prendido nada, mira como ya prendió todo.


—Ahí voy—. Dijo Eva. Al llegar a la habitación donde acostumbraba a postrar al que fingía ser su hijo, para inspeccionar si no estaba ahí Lupita. —Agueda… ¿Dónde está mi hijo? —. Al salir con indicios de ansiedad se cruzó a su madre en el umbral del cuarto contiguo, quien ahora en pleno uso de sus facultades por los bienes que le trajo la muerte, le impuso tanto miedo, que ésta se paralizó al oír de su boca firme y no chueca:

—Te me quedas ahí, cabronsita. Y a ver si ya te arreglas, y dejas de chillarle a tu pendejo ese. Ah y también ya le di a Lupe tu figura del niño Dios, para que ya te olvides de una vez que ese es tu hijo. Aquí, en mi familia, estaremos locas, pero no pendejas. —Y la madre de todas estas, se había desvanecido por un calor espontáneo que empezaba a evaporar las goteras de la casa y, con ellas, a la señora Eva.


—Bueno suegra, pues me voy, que se me hace tarde, solo me venía a despedir de uste’, que al final sí me trató como se debe: con respeto. Me limpio la sangre y listo. Vámonos, Rodri—. Mi madre me recostó ante su regazo. —Como te dije antes, cabrón, haz de llorar lágrimas de sangre. —Se había dirigido a ese cuerpo cremado.

José, mi padre, siempre me odió por ser bastardo.

Lupe pasó a lado de Eva, sin despedirse, quien quedó sorprendida, boquiabierta y olvidó por un instante a la realidad, reconoció que tenía un trauma añejo por la pérdida de su querubín, y la llevó a sustituir este vacío con una estatua de un niño Dios chamuscada de los dedos. Su shock se debía no tanto al hecho de ver a su madre evaporarse por el calor espontáneo que empezaba a surgir, sino por la rapidez y claridad con la que esta le habló. No solo eso, también le sorprendió que las luces de toda la casa encendiesen al mismo tiempo.


Estaba flotando, estaba tieso, no podía moverme, no entendía quién era, estaba muerto; pero otra vez estoy vivo, pero me siento tieso.

Mi madre seguía caminando, y mis tías no hacían nada. Mi papá se oía como llorando, lo oíamos, y lo sentíamos; tanto que los chorros rojizos que empezaron a correrse por sus ojos nos seguían. Y nadie hacía nada. Solo insultaban, con la voz baja. Pero mi tía Águeda con sus gritotes, aunque dijese que era en voz baja. Pero aun así… no hacían nada.


José lloraba lágrimas de sangre, debido al dolor de no poder conectar su tele, pues olvidó cambiar la instalación, o simplemente la fatiga de tantos viajes le impedía seguir. Y sus hermanas consideraban su desgaste, lo dejaban descansar.

José no salía por evitar cruzarse con Lupita, y, una vez que esta se fuera, iba a salir a pedir permiso a su madre muerta para suicidarse, pero antes de hacerlo ya se estaba chamuscando con los cables que traía entre manos, pues su piel estaba tan rasposa que peló el cable hasta tocar la sección donde hacía corriente.

Lupe ya se había ido, y habrían de cantarle las mañanitas a José, pues era su cumpleaños, y qué mejor manera de celebrarlo si ya había luz.

Al ver cómo este se retorcía y su cuerpo servía como detonador de aire acondicionado y extinguidor de las goteras por el calor que su cuerpo asqueroso emitía, Mónica dijo:

—¿Ven? Les dije que mi hermanito arreglaría la falta de luz, es que yo le ayudé a conectar la instalación ahora sí, y mira, solo necesitaba de mi ayuda.

Agueda, por primera vez estuvo contenta, pues ya había luz, no había humedad y todo salía excelente. Eva seguía anonadada.

El tinaco estaba seco, el piso, el baño, las escaleras, el cuarto. Todo estaba tan seco, que la casa se debilitó y desplomó hacia el fango en el que se cimentaba. Salían chispas como fuegos artificiales, era el cumpleaños del hombre de la casa.


Ah pues ya deja me recuesto otra vez. Ah mira ai viene la gorda, ¿qué trae entre manos?

¿Qué te dieron gorda? Ah es un niño Dios, míralo qué hermoso…

—No Tere, es Rodri…— Lupita estaba calmada ahora, y Tere y Mago, al verse mutuamente, acordaron dejarla vivir esa apacible ficción por unos meses.

Se retiraron y el carro se impregno de un vapor que cargaba unos suspiros, o murmullos.


—Oi cómo llora mi hijo.

—Lo sé, suegra, lo sé. Ya quédese muerta. —Le dijo mi má’, mientras a lo lejos se oía un llanto de hombre ridículo, agudo.

La sangre en el piso corría, espesa y caliente. Nadie hacía nada.

—Te llamas Rodrigo, y te vas a portar bien, porque si no, va a llegar tu abuela Eva y te va a llevar con tu padre, el chamuscado, para que vea cómo te portas, ¿eh? No, no llores, que allá no hay nada.

—Tere y Mago se resignaron a ver cómo su sobrina hablaba con una figura inanimada, con los dedos ennegrecidos por el fuego. Al final, la costra viviente que fue José siempre la seguiría.

Afuera de la casa, el aire olía a quemado. Con un gemido seco, la casa se desplomó desde adentro. Nadie se movió, nadie dijo nada. Solo las paredes desplomadas seguían respirando.

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Escrito por:

Rodrigo Bárcenas

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